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Etapa 1. 12 de julio: WhiteHorse – Upper Laberge

Whitehorse, nuestro punto de partida, es una ciudad con una historia fascinante. En 1911, contaba con dieciocho tiendas y diez hoteles, y el número de policías había fluctuado desde los cuatro en 1899 hasta los sesenta y uno en 1902, para luego disminuir a ocho en 1911. Durante las décadas siguientes, la ciudad vivió altibajos: en 1942, con la construcción de la autopista de Alaska y el oleoducto Canol, Whitehorse experimentó un auge significativo, llegando a una población de veinte mil habitantes en 1943. Sin embargo, para 1955, esta había descendido a tan solo tres mil. Hoy en día, es el principal centro de suministro y servicios del Yukón.

Después de llegar del trail tuvimos tiempo para tomar unas cervezas y prepararnos para la aventura que íbamos a inicar.

Las horas anteriores fueron un incesante entrar y salir de las habitaciones para ir organizándotelo todo el material. Estaba la comida, aperos de cocina, tiendas y demás elementos comunes. A eso había que añadir nuestro equipo personal. Todo era una duda: qué dejar y qué llevar. El nerviosismo y la tensión se palpaba en esas horas en las que los materiales iban de una habitación a otra sin demasiada sensación de coordinación

Me sorprendía comparar la abundancia de material que ahora llevábamos con la escasez con la que habíamos recorrido el Cottonwood Trail. Frente a los pequeños bidones amarillos anti-osos, ahora llevábamos unos enormes bidones azules que ocupaban todo el centro de las canoas. Llevábamos nuestra ropa, el material personal, así como la comida y todo lo necesario para cocinar.

Tras comer un bocadillo rápido junto a la empresa de Robert, dejamos allí todo lo que no llevaríamos en la canoa y recogimos el equipo necesario: remos, chalecos y una gran dosis de paciencia. La lluvia no había parado en toda la mañana y, a medida que se acercaba la hora de salida parecía cada vez más intensa. Esto complicaba aún más todo el proceso de carga de las canoas. A pesar de estar calados hasta los huesos y temblando de frío, nos las arreglamos para montar las canoas. Fue un rompecabezas titánico encajar los bidones como si jugáramos al Tetris.

A medida que pasaron los días cada vez costaba menos organizarnos, pero esta primera carga supuso un trabajo tremendo, aumentado por la lluvia. Las noticias recibidas nos decían que el río llevaba mucha agua por las fuertes lluvias y el deshielo. Había varias zonas de rápidos que podrían estar complicadas por la cantidad de agua. Además veríamos que el nivel del río era bastante alto, lo que nos iba a dificultad mucho los procesos de parar y salir de las zonas en las que íbamos deteniéndonos. Jaime había decidido modificar la ruta planificada: en lugar de descender por el río Teslin, que presentaba problemas por los niveles altos de agua y posibles desprendimientos, optaríamos por cruzar el lago Laberge. Aunque significaba recorrer menos kilómetros, el lago nos planteaba sus propios desafíos: un trayecto de 50 kilómetros sin la ayuda de la corriente, con el peligro añadido de fuertes vientos y orillas inaccesibles en muchos tramos.

 

“Esto es un infierno, ¡Dios mío!” Esas fueron las primeras palabras lanzadas por Jaime al montar en las canoas: intentábamos adaptarnos al primer día de nuestra aventura en el Yukón.

La salida al río fue, como esperábamos, un caos. La corriente era fuerte y nos tomó un tiempo dominar los movimientos básicos para dirigirnos. Con Carlos al frente, logramos avanzar con cierta estabilidad. Una vez que adquirimos ritmo, la corriente nos facilitó el trayecto llevándonos el centro del río. El recorrido era corto porque habíamos salido bastante tarde. Se trataba de llegar a la entrada del lago a unos 32 quilómetros. Poco a poco dejamos la ciudad atrás para avanzar a favor de corriente por la parte derecha. Después de algunos descontroles nos fuimos haciendo todos con la canoa y comenzamos a avanzar con cierta lógica. La lluvia fue parando y nos permitió disfrutar de las primeras vistas como un águila posada en la rama de un árbol. Dejamos atrás la ciudad y el aeropuerto en un territorio cada vez más salvaje.

A lo largo del camino, el paisaje estaba impregnado de historia. Pasamos cerca del río Takhini, que originalmente fue una ruta utilizada por las Primeras Naciones para conectar el Yukón con la costa sur de Alaska. Este río también formó parte del camino de diligencias hacia Dawson en 1902. Además, nos cruzamos con la curva de Whistle, conocida por los barcos de vapor que hacían sonar su silbato para evitar colisiones en este estrecho canal. En la década de 1940, esta zona también albergó campamentos de leña que proveían combustible para las embarcaciones.

Llegamos a la zona de acampada bastante tarde, con mucho frío y casi sin luz. Habíamos dejado a la izquierda la zona en la que acamparon el año de Reverte. Estábamos  en la zona de Steamboat Slough a la entrada del lago y justo antes de punto de policía de Upper Laberge. Se trata de un meandro del río que se abrió sobre 1935 dejando la zona de la derecha como un enorme pantanal. En el centro hay una isla en la que montamos el campamento. Exhaustos y congelados, Jaime encontró un pequeño acceso a tierra donde decidimos acampar. Aunque mi mapa indicaba un lugar más adecuado unos metros adelante, nadie tenía fuerzas para continuar.

Montar el campamento fue complicado. El terreno era inhóspito, el frío se colaba hasta los huesos, y los mosquitos no tardaron en aparecer. Nos cambiamos rápidamente de ropa para secarnos y calentar el cuerpo, y una sopa caliente con fideos nos devolvió algo de energía antes de retirarnos a nuestras tiendas.

 

Upper Laberge, donde acampamos, también tiene su propia historia. Este sitio albergó un destacamento de la Policía del Noroeste (NWMP) en 1899, ubicado en un antiguo asentamiento de las Primeras Naciones. En 1903, la falta de tráfico en la zona llevó al cierre del destacamento. Además, esta región también fue utilizada como pista de aterrizaje de emergencia por White Pass antes de 1940.

Este primer día nos había puesto a prueba en todos los sentidos. La salida de Whitehorse, retrasada por el mal tiempo, quedó atrás como un recuerdo caótico de lluvia y esfuerzo. Ahora nos enfrentábamos a la inmensidad del lago Laberge, con sus misterios y peligros, y al desafío de una naturaleza indomable que apenas nos dejaba entrever su belleza entre las tormentas y el viento (nuestros miedos inmediatos para el día siguiente.

Había comenzado nuestra aventura.

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