A mi mujer me la han cambiado y yo sin conexión


Agotando Portugal el camino es cada vez más Galicia en paisaje, costumbres y personas. También el cambio lo hemos notado en cuanto a peregrinos desde la salida de Oporto. La cantidad y la calidad de nuestros compañeros de paseo nos hace recordar cada vez más que nos acercamos a nuestra meta de Santiago.
Y también parece que se despiden de nosotros las conexiones compradas en Lisboa para teléfono e iPad: ayer fue la tarifa plana del iPad la que acabó su vida y me dejó unas horas sin poder recuperar terreno a mi hermana en esto,del Candy crush (hasta que encontré una wifi abierta en el pueblo). Hoy ha muerto el saldo del teléfono y creo que no le deben quedar mucho a las dos megas de internet del galaxy. Esta situación ha provocado que en estos dos días no pueda publicar y por eso escribo las entradas y las publicaré cuando entremos en España y recupere mis tarifas normales.
Es cierto que el camino ha ido cambiando en estos días de forma significativa pero el mayor motivo de preocupación para mí está siendo la transformación progresiva pero irreversible de mi compañera de viaje. Al principio fueron pequeños detalles casi imperceptibles, como el que se permita hablar del camino del año próximo sin decir aquello de “yo no puedo hablar del camino siguiente cuando estoy haciendo este” o su organización en las tareas peregrinas (es para verla montar la mochila metódicamente, repasar las cosas del cuarto antes de salir, realizar las tareas fisiógicas al mejor estilo Joseba y depositar las llaves en el lugar adecuado).
La siguiente cosa que me hizo comenzar a darme cuenta del cambio ha sido su indiferencia ante la ausencia de desayuno al salir. En otros caminos esa cuestión era algo prioritario, la tarde anterior la pasaba pensado en ir al súper a comprar galletas o los malditos,batidos de chocolate porque ella decía que con el estómago vacío le podía pasar algo malo en el camino. Pero en este camino sólo lo hizo en los primeros días, poco a poco se le escuchaba decir cosas como “pues tampoco es tan importante eso de salir desayunado” y llegó un día a decir: “la verdad es que no apetece tomar nada a primera hora, es preferible esperar unos quilómetros a tomar algo porque entonces tienes más ganas”.
La prueba definitiva fue el día que no encontramos nada en el lugar previsto para el desayuno, a unos 10 quilómetros de la salida y sabíamos que no había nada en otros diez más. Ella, con toda la naturalidad del mundo y sin preocupación alguna me soltó, casi a bocajarro un “vaya, tendremos que hacer otras dos horas de camino para tomar algo, igual estamos tan cerca del final que no nos apetece para entonces”. Claro, para aquellos que no conocéis a Mar quizás no os sorprenda tanto pero para los cercanos el hecho de que no se dejara arrastrar por el desánimo, por los peores pensamientos y el que no pasara el resto de la etapa sufriendo desmayos mentales a cada diez pasos por no haber tomado nada, os parecerá que hablo de otra persona.
También en el tema de la comida se ha producido un cambio espectacular. Ella, la que vigilaba todo alimento, miraba todas las fechas de caducidad, la que supervisaba los niveles de higiene en cada rincón. Aquella que pedía agua para evitar el consumo de alcohol y buscaba las verduras cocidas para equilibrar la dieta. Sí, Isa, esa que detesta las sopas hasta el punto que sólo tú y yo conocemos… Pide sopa de verduras en comida y en la cena, se toma las cervezas al ritmo de un peregrino sediento, bebe vino en las comidas hasta llegar al nivel de “alegría” de marcharse la camiseta. Se termina los platos enteros con todo el arroz cocido y demás acompañamiento e incluso algunas veces sigue con el mío. Desde qué ha descubierto que, a pesar de comer de todo, los pantalones cada vez le están más grandes ha llegado incluso a robarme las patatas fritas de mi plato. Y ayer me hizo algo que nunca había visto. Llegamos a un bar después de 20 quilómetros de camino y mientras yo fui a pedir algo de beber ella entró en la tienda de al lado y salió, triunfante con tres bollos de pan y varias lonchas de jamón de York. Le pregunté cómo llevaba tres bollos porque yo no pensaba comer más de uno pero ella no dijo nada. Puesta de medio lado, evitando mi mirada comenzó a devorar el primero y antes de que me diera cuenta se había zampado también el segundo, sin preguntarme ni nada, sin un mínimo de cortesía peregrina, sin compartir como buena pareja. En lugar de decirme, como siempre, “cómetelo tú mejor” lo devoró con avaricia, con alevosía y premeditación. Cuando le reprendí en su actitud puso mirada asesina dejando claro que ese era su territorio y aquel su bocadillo.
Yo ya le he dicho que tenga cuidado porque cada vez se parece más a Joseba, hoy incluso me ha animado a adelantar a unos peregrinos que iban subiendo una de las cuestas más duras al mejor estilo de las tachuelas de mi amigo de Bilbao.
Entre tales pensamientos transcurridos casi dejamos de lado la anécdota que ocurría en la mesa de al lado de la de Mar y sus bocatas. 5 peregrinos, 5. De origen desconocido pero que llevaban un niño con ellos de unos 3 años, con unas mochilas de unos 20 kilos cada uno además de una silla mochila para llevar al niño cuando se cansaba, botas de cuero tipo Pirineos, camisetas de algodón de las de publicidad barata y de primer día de camino se instalaron a almorzar. Una de ellas llevaba una cámara de unos dos quilos de peso con la que no paraba de hacer fotos a todo, paisajes, compañeros, mochilas o frutos podridos caídos en el suelo. Yo siempre había sentido curiosidad por saber qué pueden llevar en la mochila esos peregrinos que llevan semejantes monstruos en sus espaldas. Para nosotros un par de mudas y algo de aseo y botiquín no pasa de los 6 ó 7 quilos pero ayer lo descubrí. Nada más sentarse todos y hacer un corro como conjurando los malos espíritus uno de ellos sacó un cubierto metálico completo de la mochila (pero de los de camping de verdad, enorme), varios trapos de cocina y una toalla de baño de las de casa (con rayas longitudinales multicolor difuminadas por el paso de los cuerpos y los tiempos). A continuación se saca media sandía cual mago de feria y PLATO DE LOZA. Sí, como digo. No uno pequeñito, no. Un plato llamo de los de la vajilla de casa, de loza gorda y de un color lila intenso. Alucinados nosotros contemplamos cómo repartían las tajadas y las comían hasta la parte verde. Por supuesto ocuparon dos mesas del bar, lo ensuciaron todo pero no consumieron ni un botellín de agua, cosas peregrinas.
Por lo que respecta a las etapas nada diferente a lo visto el año pasado. Camino muy bonito casi sin asfalto y cada vez más verde. Hasta Ponte de Lima un largo paseo entre aldeas pequeñas sin servicios y casas salpicadas por todas partes entre lo más pobre unas y espectaculares otras. Cada vez el terreno es más sube y baja y la temperatura acompaña, sobre todo en la primera parte de la etapa, luego el calor va subiendo sin llegar a molestar demasiado. Mar ha recuperado sus pies muy bien y sólo tiene las molestias de las plantas.
Al llegar a Ponte de Lima en el mismo restaurante nos ofrecieron habitación por 30 euros con baño propio, aunque fuera. Es una casa antigua pero está arreglada y muy limpia. Hemos comido con el peregrino José que estaba degustando un plato típico de la zona consistente en una arroz mezclado con sangre (eso creo) y todo tipo de partes del cerdo. Nos ha contado algo de sus andanzas por estos días y luego nos hemos visto por la tarde tomando un vino en la plaza.
La tarde tranquila y la cena romántica, todo lo que se puede con mi nueva compañera estilo Joseba.
Esta mañana a las 6:30 en alza para ir a desayunar a las 7 y después hacer la etapa más bonita y más dura del camino. 18 quilómetros subiendo lo más parecido que hemos tenido a un puerto de montaña con un desnivel de casi 400 metros. Luego llegada al “Reposo del peregrino” que está reformado y tiene habitaciones de matrimonio nuevas y estupendas por 30 euros y desayuno y lavado de ropa a máquina incluido.
Ahora en el bar del año pasado (ver resumen porque la situación es la misma) y cena con transporte en coche.
Ahhh! se me olvidaba que al salir del restaurante de comer unos marroquíes nos querían vender un ventilador. Ha resultado que viven en Valencia pero han vivido en Huercal-Overa. Al final Mar las ha comprado un reloj y hemos estado charlando con ellos sobre Marruecos, el Ramadán, sus familias y la visita a la Meca. “Historias peregrinas”
Y mientras escribía esto hemos contemplado el deporte popular de la aldea: mirarle las tetas a la camarera del bar. Cuatro paisanos al más puro estilo paisano casi perdían los ojos tras el generoso escote de la que sólo estaba protegida por la barrera de la barra y la máquina del café. No es que la muchacha se esconda mucho y el punto culminante era pedir otro vaso de vino, que los tiene justo debajo de la barra, lo que permite una perspectiva mucho más profunda. Ni que decir que han pagado varias rondas cada uno y han salido dando tumbos en sus coches habituados a las tajadas después de la visita dado el estado de sus parachoques.

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Repitiendo el pasado, pero sin zumbados


Hoy el día ha sido una repetición de lo que hicimos el año pasado Joseba y yo, salvo porque estoy escribiendo en la misma terraza pero sin zumbados alrededor peleándose. Puedes leerlo eneste enlace (pincha aquí)
Pero lo que sí fue diferente fue la tarde de ayer. Es cierto que no teníamos fiesta en la calle pero no nos faltó en el albergue en forma de turigrinos VIP versión “hemos anulado la reserva de los Alpes y por eso estamos aquí”.
Al poco rato de regresar de la comida, mientras yo escribía la entrada y Mar se había retirado a planchar el pabellón auditivo, llegaron una familia y se instalaron. Se trata de un matrimonio de unos treinta y algo con dos niños de unos 12-14, más o menos. Si nos hubiéramos centrado en la parte femenina todo sería más o menos normal. Llevan un coche para transportar las bicis, equipaje de los que no puedes pasar en los aeropuertos sin dejarte un sueldo y bicis última generación. Son madrileños (esto sólo es un dato anecdótico porque ya sabéis que yo no tengo nada contra la capital del reino y sus inquilinos, por lo menos no con todos). Pero el problema eran ellos. El Niño, un mocoso hiperactivo que no paraba de jugar a todo lo que tuviera bolas, fútbol, baloncesto, tenis, etc. Cada diez minutos sacaba un nuevo juego de algo del coche a modo del baúl de la Piqué. Y luego estaba el padre, secundando a su hijo en todos estos juegos en los huecos en los que dejaba de depilares las piernas con unas pinzas y quitarse los pelos enquistados, para asco generalizado del personal presente, o sea, yo.
Cada juego representaba un modo de demostrar el nivel “los Alpes” con comentarios como “dale de revés a la pelota, a modo defensivo, como cuando estás jugando al papel”, o “papá, mi golpe fuerte es el revés, como cuando estoy ganando al Badmington”, esto último lo decía mientras mandaba el volante pelota de un tirón a la finca de la casa cercana al torreón del otro lado del pueblo.
Ante tal nivel de glamour y golpes a modo de bailarina con zuecos, borracha y en un alambre, así como alternancias con un balón de fútbol al mejor estilo chimpancé, llegó la frase del padre. Fue algo como dejado caer, casi como quien no quiere la cosa: “es que nosotros deberíamos estar hoy en los Alpes, pero he anulado la reserva”. La primera vez que lo dijo no le di mayor importancia, al fin y al cabo parecía raro cambiar unas vacaciones en Alpes por un mísero albergue del camino compartiendo habitación con una teutona y sus dos hijos adolescentes que sólo dormían. Pero es que cada diez o quince minutos lo volvía a decir. A veces era el propio hijo el que preguntaba ¿estamos aquí porque has anulado lo de Alpes, verdad? Y el padre le confirmaba tal situación.
Diez o quince veces después, con Mar ya levantada volvieron a repetirlo a coro mientras degustábamos unas magdalenas de coco y una copa de oporto que amablemente la señora del albergue nos había ofrecido. Los niños, mientras tanto parecían más bien salidos de un comedor social que del Ritz, porque se bebieron dos litros de zumo de naranja (con un par de quilos de azúcar para complemento vitamínico) y no nos dejaron casi ni catar las magdalenas. Menos mal que los padres no les permitieron beberse el oporto, que si no nos dejan sin nada.
Ante la situación nos marchamos a cenar al bar típico que nos habían aconsejado en el restaurante del mediodía. Un pulpo espectacular nos esperaba acompañado de mollejas, bacalao y una buena botella de vino verde. 16 euros incluyeron también postre a elegir así como un par de cositas de oporto a modo de digestivo.
Regresamos al albergue y todo estaba ya tranquilo. Sin saber nada de nuestros compañeros nos fuimos a la cama. El reloj nos ha despertado a las 5:45 tras un pequeño susto de ciempiés sobre mi hombro. La etapa ha transcurrido según lo previsto primero hasta el hermoso puente en el que termina el infierno de carretera y luego hasta San Pedro de Rates. Hemos coincidido con los peregrinos italianos y hemos hecho un tramo con ellos. Se trata de un matrimonio del sur de Italia pero que viven en Torino. Ella es de Torre del Greco, junto a Pompeya y cocina muy bien (eso dice, al menos su marido).
La etapa transcurre por lugares muy bonitos entre carreteras secundarias y algún peligroso tramo de carretera. Las casas son de un nivel muy alto a medida que nos vamos acercando a Barcelos, la comstrucción es de piedra y cada vez más parecido en todo a Galicia.
También hemos coincidido un ratito con una pareja de peregrinos en bici de Valencia. Nada más pasarnos y ver que éramos españoles se han bajado de las bicis y hemos caminado un buen tramo con ellos. Comenzaron el camino en Huelva y ya han hecho varios, siempre en bici, dicen que han comido muy mal, en general, y que no se hacen bien al tema de restaurantes y alguna cosilla más. Si me estáis leyendo podéis escribir un comentario y saludarnos, así como poner vuestro twiter y Facebook.
La llegada a Barcelos ha sido muy bonita, venimos muy bien de fuerzas y apenas nos hemos dado cuenta de la dureza de la etapa hasta que al llegar al hotel hemos visto que íbamos empapados en sudor.
La tarde ha pasado entre la comida (arroz con rape en el restaurante Solar Real, siesta viendo la cromo escalada del Tour y hablar con las niñas. Luego hemos ido a dar un paseo por el pueblo y hemos disfrutado de una agradable tarde sin zumbados peleando, aunque alguno había bailando. En la plaza hay montado un escenario en el que parece que cualquiera puede subir a hacer el chorra, porque lo que es tocar no toca nadie.
Hoy en Barcelos se ha cumplido otra de las teorías de las de Mar. Resulta que lleva todo el camino convencida de que e Portugal no hay niños. Bien es cierto que a lo largo de todo el camino no hemos visto casi niños y los pocos que hemos visto eran turistas. Eso le ha llevado a una gran preocupación a la altura de que las casas tengan todas las ventanas de la parte de delalante cerradas (también está en esta línea que los portugueses no montan piscinas porque aquí hace mucho frío y el agua no se calienta). Hoy ha acabado lo de que no hay niños porque los hemos visto todos aquí, lo que le lleva a pensar que debe ser que los han concentrado los de todo Portugal en Barcelos (yo creía que se los comían de pequeños para evitar problemas cuando crecieran)
Y la cena en Dom Antonio nos ha llevado hasta un paseo posterior a la luz de la luna hasta el escenario de la plaza en el que tocaban, o algo así, un grupo folclórico del lugar. Y cuando digo cantar me refiero a que emitían sonidos acompañados por instrumentos musicales porque lo que se dice cantar no cantaban un pimiento.
Así termina el día y preparamos la etapa de mañana, larga y compleja.

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Resumen de la etapa

A la puertas de Galicia, diluviando


La noche de Barcelos terminó tranquila después de las escaramuzas de los zumbados en la plaza. Tras varias persecuciones, gritos, peleas y carreras todos abandonaron el lugar ya nosotros nos dispusimos a buscar restaurante para cenar. En el que habíamos comido al mediodía estaba cerrado y la alternativa no defraudó, el Don Antonio nos ofreció un bacalao y un cabrito asado respectivamente a mi compañero y a mí, para terminar me tomé una sopa como buen portugués.
Sin mayores novedades nos fuimos a la cama y el despertador nos levantó a la hora de siempre para ponernos en marcha. Lo primero fue encontrar una padaria abierta en la que tomar café, llenar agua (la del hotel era asquerosa y estaba caliente), y comer una magdalena de arroz.
Un paisaje cada vez más “gallego” se va abriendo a nuestro paso y merece la pena destacar las bonitas iglesias que nos vamos encontrando y los parrales que suelen rodear los cultivos.
Toda la mañana estuvo amenazante aunque llegamos sin novedad a nuestro final de etapa previa parada técnica con café y pequeño bocata de jamón cocido.
Al entrar a Ponte de Lima está el albergue juvenil que habíamos escogido como lugar para alojarnos, al llegar aún estaban limpiando y todo parecía algo revuelto. Cuando nos fuimos a duchar vimos que todavía estaban sin hacer los baños y el aspecto de abandono y suciedad era grande. Las habitaciones están bien pero la limpieza bastante floja.
Tras la ducha nos fuimos hacia el pueblo y encontramos que había mercado, pero no un mercado cualquiera sino la madre de todos los mercados. Cientos de puestos eran visitados por miles de personas para comprar desde muebles y colchones hasta pepinos y tomates. Nos sorprendió la variedad de productos y la cantidad de gente que llenaba todas las calles.
Nos dejamos aconsejar por la guía y fuimos a comer al restaurante que nos marcaba justo en medio de todo el follón. Estaba lleno de gente y tuvimos algunos problemas para coger mesa ante la inoperancia de la señora que llevaba lo de colocar a la gente y con la desesperación de mi compañero que se cabreaba cada vez que la señora colocaba a los que entraban por la otra puerta mientras se olvidaba de nosotros (este Joseba es que no me tiene paciencia para nada, qué os voy a contar). Todo este lío nos llevó a comer más allá de las tres aunque mereció la pena por el chuletón del que di cuenta y el cabrito de mi compañero (el que se comió, claro).
Luego fuimos a lavar la ropa al albergue y descubrimos que no por haber limpiado los baños la situación de limpieza de los mismos había mejorado significativamente, los pelos brillaban por el suelo como si en lugar de quitarlos hubieran intentado sólo redistribuirlos.
Regresamos al pueblo para hacer una visita turística, el albergue está como medio km alejado, y el mercado seguía en plena ebullición. Recorrimos sus calles, el puente sobre el río y sus calles y rincones. Ponte de Lima es una ciudad bonita, agradable y acogedora que nos gustó mucho. Nos sentamos a tomar una cerveza y entonces se sentaron dos peregrinos en la mesa de al lado. Uno de ellos lo reconocí como Satur, se trata de alguien a quien había conocido en mi camino del norte del 2008,un tipo simpático, agradable y lleno de humor con el que pasamos una estupenda velada en Mellide junto a los compañeros de aquel camino. Tras saludarnos dedicamos una buena parte de la tarde recordando anécdotas de aquel camino entre bromas y buen rollo.
Yo me dediqué a buscar alojamiento para el día siguiente porque hay problemas en Rubiaes ya que hay un festival de rock que tiene todos los lugares completos, que tampoco son tantos. Al final hemos conseguido reserva en un residencial a1,5 km antes Rubiaes.
La cena fue en el mismo restaurante del mediodía, esta ver mucho más tranquilos. Unas delicias de bacalao y brochetas de lulas y camaroes fueron nuestra elección junto a una botella de vino del terreno mucho mejor que la que nos habíamos tomado en la comida.
Regresamos dando un paseo al albergue y nos fuimos a la cama porque estábamos cansados. En la habitación de al lado un niño pequeño no paraba de llorar lo que nos hizo temer una noche de pesadilla pero la pesadilla llegó por donde menos lo esperábamos. A la una de la mañana un ruido tremendo nos despertó: estaba diluviando en la calle. Así ha pasado toda la noche. Al amanecer las peores expectativas se han cumplido y hemos tenido que sacar el pantalón y el chubasquero impermeables. Hemos bajado a desayunar y sobre las siete menos cuarto nos hemos puesto debajo de la lluvia.
La salida de Ponte de Lima ha sido una delicia a pesar de la intensa lluvia y nada más comenzar a andar hemos encontrado peregrinos por todas partes, muchos de ellos saliendo del albergue que está al otro lado del puente. Hoy el camino ha sido una verdadera belleza a pesar de la lluvia, la niebla y el frío. Hemos ido adelantando gente todo el rato mientras la lluvia poco a poco nos iba calando por todas partes. Hasta llegar a Arco el agua nos ha dado una pequeña tregua e incluso ha dejado de llover. En Arco hemos parado en un café-tienda que es de lo más cutre que te puedas imaginar, el baño de película de terror y la camarera cutre chica Almodóvar. Ha comenzado a diluviar otra vez y hemos esperado un rato porque lo que nos esperaba era la subida a la Portela grande, el puerto más grande en todo este camino. La terraza del cutre bar se ha unido llenando y ante la perspectiva de que cada vez iba a peor nos hemos puesto en marcha. La subida al puerto se hace por una senda dura y empinada, de piso bastante malo y que la lluvia hacía aún peor. Es una ascensión dura de unos 4 quilómetros que se puede atragantar si no te la tomas con calma. La lluvia la hacía todavía más dura y peligrosa la ascensión aunque el paisaje es espectacular y me he ido parando para hacer algunas fotos y vídeos. Hoy hemos usado varias de las cosas que hasta ahora no nos habían hecho falta: los bastones, los chubasqueros y la toalla.
La bajada ha sido mucho más fácil aunque la lluvia era cada vez más intensa. Así hemos llegado a lo que creíamos que era Sao Roque, nada en mitad de la nada. Tras muchas dudas hemos llegado hasta el reposo del peregrino calados hasta los huesos. Al llamar a la puerta la señora no has dicho que no le quedaban habitaciones aunque le hemos recordado que habíamos llamado ayer para reservar. Tras algunas dudas y temores de quedarnos tirados la señora nos ha dichos que tenía una habitación pero que no estaría disponible hasta después de comer, la gente había llegado muy tarde del festival rock y algunos estaban bajando a desayunar en ese momento. Nos ha permitido secarnos y cambiarnos de ropa y nos ha dado un paraguas para irnos a hacer tiempo al bar del pueblo para que a las 12 vinieran a recogernos para comer. Resulta que esto está retirado de todo lugar y para comer vienen desde un restaurante a unos 3 km y luego nos traen. En el bar hemos tomado una cerveza y una bolsa de patatas, no voy a hablar mucho del lugar porque creo que alguien que haya visto la versión antigua de “La casa de los horrores” se puede dar una vuelta por aquí para comprobar que esta tienda la descartaron por parecer demasiado terrorífica para hace la película.
A las doce nos esperaban para llevarnos a comer. Hemos degustado un guiso con pasta y ternera muy rico y para cerrar, la sopa. Luego hemos regresado para ducharnos. La ropa nos la lavan en máquina para nuestro regocijo y descanso oyendo caer la lluvia que sigue cayendo a todo lo que puede amenazando mañana con más de lo mismo. A las 8 nos vienen a buscar otra vez para la cena y creemos que no tendremos mucho más que contar en este día
Resumen de etapas: 16,de Barcelos a Ponte de Lima, 33,18 km en 5:46 horas a 5,7 km/h.
Etapa 17, 16,82 km en 3:36 a 4,7 km/h (porque se me ha olvidado apagarlo mientras tomábamos café).
Por cierto, vuelve a llover a mantas.

Una verdadera noche peregrina


No hace falta decir mucho para que todo el mundo entienda que el día de ayer fue uno de esos en los que recuerdas por qué vienes al camino. Es verdad que te duelen los,pies, que pesa la mochila y que tienes calor pero todo eso lo olvidas en cuanto llegas a un lugar agradable, te das una ducha y la gente con la que coincides son estupendas.
Después de comer regresamos al albergue y yo me puse a escribir la entrada del día y a hablar por Skype con la familia puesto que tenía wifi en el patio. Poco a poco el albergue se había ido llenando de gente, primero dos parejas de jóvenes italianos que ocuparon la litera de matrimonio de abajo y una habitación aparte con dos camas. No puedo decir nada más de ellos porque no se molestaron ni en dirigirnos la palabra y ya contaré más sobre como ha sido la madrugada peregrina.
Luego llegó un señor francés con el que intercambié breves palabras de cortesía general y que marchó rápido al pueblo a tomar algo. Ya nos pareció que sería el típico francés de albergue que se mete en la cama a las ocho y no deja moverse a nadie pero que luego a las 5 está de punta molestando a todo el mundo. Este se colocó en la litera de arriba de la mía que yo había elegido por su cercanía a un enchufe con el que recargar todos mis aparatos.
Después llegó una chica joven a colocarse sobre la litera de matrimonio, esa estaba justo al lado de la que tenía Joseba de modo que sólo quedaba libre la de encima suyo para completar la habitación. De la chica no sabemos nada porque ni abrió la boca en todo el rato.
Y ya avanzada la tarde se presentó una pareja de alemanes bastante mayores y gruesos. En ese momento la chica que estaba a cargo del albergue me pidió el favor de que dejara mi litera a la señora ya que su volumen le dificultaba subir a la litera sobre Joseba. Como os podéis imaginar me sentó regular (tampoco hay que ser grosero). Joseba les entendió decir que finalmente la pareja dormiría fuera pero al ir a preguntar a la chica si la cama había que dejarla confirmó que sí.
De este modo tuve que reorganizar las cosas para acabar durmiendo sobre,mi compañero por segundo día consecutivo.
La cena fue otra historia. Nos fuimos a la plaza a la feria gastronómica y en la caseta de los coros y danzas tenían como plato especial sardinas asadas. No que decir tiene que nos dispusimos a disfrutar de una buena ración junto a una botella ta de vino.
En este punto del relato debo hacer una aclaración, podéis comprobar que en los últimos días no he hecho alusión alguna al “problema” de Joseba. En realidad lo de beber alcohol es una terapia para curar las ampollas, me ha dicho que tiene que beber mucho porque sólo de esa forma el alcohol para desinfectar sus heridas en los pies le llega desde dentro. Como lleva todo vendado la única forma de ponerle alcohol es desde dentro. Yo no lo tengo muy claro pero eso es mucho mejor porque con la medicación con la que se está tomando tengo la impresión de que le están creciendo tetas. Claro, mientras tanto yo tengo que hacer un esfuerzo por acompañarle y acabo atún todas las noches: “lo que hay que hacer por la amistad…”
Pues eso, que una botella ta de vinho verde estupenda acompañó a una docena de sardinas, una ensalada grande y un caldo verde para mí. Para conseguir que la chica me vendiera doce sardinas tuve que hacer malabares porque ella no entendía la cantidad, en realidad es que las raciones eran de cuatro sardinas por plato y no comprendía que yo quisiera 3 raciones para dos. Después de convencerla también descubrimos otra cosa curiosa de Portugal. En esta zona el caldo verde se lo toman después de comer. Ya me había extrañado que la noche que pedí el buey de mar y el caldo el señor no lo trajo antes, al pedirlo me miró con extrañeza y me preguntó si es que lo quería antes del buey a lo que le contesté que por supuesto y él me lo llevó con cara de extrañeza. Ahora entiendo el tema, se toma al final.
Al llegar al albergue ya estaban todos en sus camas y la luz encendida. Al mirar hacia el techo descubrí con horror unos veinte mosquitos que estaban esperando ansioso a picarme por todo el cuerpo sin piedad. Horrorizado ante la noche que me esperaba supliqué a Joseba que apagara la luz para que no vinieran más y me tapé con la sábana hasta mitad de la cabeza para intentar cubrir la mayor parte de mi cuerpo de los miserables enemigos.
La noche ha sido tan infernal como imaginaba. Para colmo la sábana era pequeña y apenas cubría mi cuerpo. A cada momento escuchaba volar los miserables insectos picando en la frente, las orejas y hasta en los párpados. Si casualmente me daba la vuelta y dejaba al descubierto una pequeña parte de una pierna o un brazo al instante los cabrones me lo recordaban con un picotazo sin piedad. Para colmo hacía un calor insoportable que se acrecentaba con tener que estar tapado hasta los ojos. Así he pasado toda la noche con la única esperanza de que quizás en algún momento todos se hubieran llenado con mi sangre y ya dejaran de picarme para permitirme dormir aunque fuera un ratito.
Y cuando parecía que los mosquitos se habían saciado completamente para semanas con mi sangre con sabor a vinho verde porque dejaron de picarme entonces los italianos han decidido que era la hora de actuar como auténticos peregrinos de los que salen de noche para luego alcanzarlos al poco rato, mueven todas las bolsas varias vece, encienden las linternas, se les cae todo, hacen risitas y tú acordándote de toda su parentela.
Por fin se han marchado, han cerrado la puerto entonces Joseba me ha dicho que eran las seis y que teníamos que salir.
Hoy el camino ha sido muy agradable, la primera parte por sendas entre bosques y pequeñas calzadas con adoquinado. Una tremenda niebla nos ha acompañado durante una buena parte de la etapa refrescando bastante el ambiente. Al poco de salir hemos cruzado el Río Ave por un lugar precioso.
Al llegar a Sao Pedro de Rates la gente salía de misa. Eran las 8 de la mañana y aquello parecía una fiesta. Es una ciudad preciosa con una iglesia románica excelente típica del camino con su ajedrezado y todo. El ábside me ha recordado al de Frómista.
Hemos desayunado en el bar, lugar de gran acogida a peregrinos en el que hay dos paneles llenos de fotos de gente que ha pasado por allí.
Una pequeña visita a la ciudad y ruta hasta el final de etapa. El camino transcurre por un paisaje que ha ido cambiando mucho en los últimos días. Cada vez se parece más a Galicia, a la Galicia abierta de Coruña más que a la lucense. Las casas son de piedra y todo está muy bien cuidado. Se nota un poder adquisitivo alto con casas estupendas, muy arregladas en general. Todo está muy limpio y cuidado por esta zona y las referencias al camino son cada vez más evidentes. El único problema es que sigue habiendo mucha carretera secundaria por la que transitar los peregrinos es una verdadera aventura dada la velocidad a la que van los coches.
Tras mil vueltas y desvíos hemos llegado a Barcelos, ciudad de gran tradición y mucha historia en Portugal y que es origen de una leyenda de gallo que canta similar a Sto. Domingo de la Calzada.
La guía nos aconsejaba el Hotel do Terço por hacer precios especiales a los peregrinos. Para entrar debes cruzar un centro comercial que te descolora completamente pero que lo que hace es evitar que des un gran rodeo a toda la manzana. Efectivamente por 35 euros habitación estupenda y cómoda en la que resarcirnos de la pesadilla de la noche anterior y en la que poder ver la final de baloncesto de los JJOO.
Para comer nos hemos decantado por el restaurante Solar Real que nos aconsejaba la guía y hemos acertado de pleno: botellita de vinho verde (la uña del dedo gordo del pie de Joseba mejora día a día con la desinfección) y arroz con polvo de lo mejor que hemos comido en todo el camino y que iba aliñado con hierba buena.
Luego partido de baloncesto en el hotel disfrutando del equipo nacional y su juego (unos más que otros) y paseo turístico por la ciudad, hoy algo más que de costumbre aunque tampoco para matarse.
Ahora en una plaza en la que no paran de pasar zumbados gritando porque están borrachos y hay una fiesta de baile tipo tercera edad en la plaza de al lado. Mucho ambiente festivo que se acompaña de unos 14 grados de temperatura que invitan a ponernos el polar para envidia de nuestros lectores españoles que creo que ya estaràn cocidos a fuego lento.
Resumen del día: 28,82 km en 5:09 aúna media de 5,6 km/h mientras otros dos zumbados se pelean delante de nosotros.

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