Recuerdos y añoranzas


El volver sobre los textos de nuestro camino de primavera y las fotos que ha colgado Joseba en el facebook me han hecho revivir los días del camino y recordar también el verano con la familia por el camino del norte.

Desgraciadamente, este año va a ser más difícil poder hacer camino porque ando bastante liado. Tendré que conformarme con los recuerdo de todos esos momentos y con los proyectos de futuros retos.

Además, este año es xacobeo y todo estará para no poder acercarse: turigrinos pecadores en busca de su perdón a los muchos pecados cometidos (el primero estar en el camino sin saber si van o si vienen). Los valientes que os lancéis a hacer el camino francés os encontraréis con miles de esos especímenes que no sabrán muy bien por qué están ahí, sólo te explicarán que en el camino se pasa bien, que es genial y que las ampollas son parte del sufrimiento que hay que soportar.

No sabrán nada de charlar con la gente, no sabrán nada de tomar un orujo de hierbas tranquilamente por la tarde. Sólo estarán pendientes de correr para poder coger una cama gratis en el siguiente albergue, aunque sea a costa de pisarle el cuello a otros turi-peregrinos.

En fin algo muy diferente de lo que hicimos el año pasado, de la tranquilidad de la vía de la plata, de nuestro asesino de peregrinos, del peregrino marrano, del enterao y su fiel escudero.

No comenzarán el camino con la misma ilusión que vi en mis hijas el día que llegaron a Irún, con el miedo de pensar que no serían capaces de lograrlo pero con la esperanza de lograrlo y, sobre todo, con la de poder conocer ese mundo del que tanto habían oído hablar a sus padres, a Joseba, a Maxi y Estíbaliz… a tanta gente que ha pasado por casa después de conocernos en el camino.

Recuerdo la cara de Isa cuando vio el albergue de Irún, cuando el hospitalero le narraba la ilusión que le hacía ver una familia como la nuestra iniciando el camino. El comentario de asco que le produjo aquel baño mugriento con la cortina que tenía vida propia. El dormitorio minúsculo del piso que cobija el albergue, la gente pululando por todas partes. Ella abría los ojos como platos, como no acabando de creer lo que pasaba.

Ya casi olvidada la primera vista de la mañana, cuando la desperté para ponernos en marcha en casa: nos habíamos acostado tarde y yo me rapé la cabeza una vez se habían acostado las niñas. Al despertar a Isa y verme así su primera frase fue: ¡Dios, qué feo! Ese fue el inicio de nuestro camino.

Recuerdo la cena en el restaurante aquel, las caras de ellas ansiosas por tomar la mochila al día siguiente para llegar hasta Donosti. Nuestras bromas. Las preguntas de Mar hija queriendo saber de todo, su ilusión por practicar italiano e inglés entre los peregrinos (tendría oportunidades a lo largo del camino).

¡Qué lejos queda todo eso! y, sin embargo, qué cerca está. Tiene razón Santi en una cosa: si voy dejando recuerdos entre la gente cuando estoy por ahí es porque vivo el camino como algo real, porque creo que se puede hacer algo así para disfrutar de tu gente, pero también hacer disfrutar algo a la gente que te encuentras: gente amable dispuesta a echar una mano a cambio de nada, o muy poco, gente que agradece una palabra amable y un gesto de agradecimiento. Yo no necesito hacer ningún esfuerzo para llevarlo porque siento ese agradecimiento, porque sé valorar lo que supone tener a alguien dispuesto a socorrerte generosamente. Ese es el espíritu verdadero del camino. Lo de los turigrinos es otra cosa.

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